Comentario Nº 114, 1 de junio de 2003
¿Locura o política?
Cuando el muy responsable y muy elitista Financial Times, el periódico representante del gran capital, publica un editorial con el título "Locura en los impuestos" y con el subtítulo "La administración estadounidense arroja la prudencia por la borda", cabe apreciar que están verdaderamente nerviosos. El editorial concluye con esta nota sombría: "Para [los republicanos más extremistas] no basta socavar el orden multilateral internacional, también las opiniones largamente mantenidas sobre la redistribución de ingresos requieren una revisión radical. Como respuesta a esa acometida, no es mucho lo que la mayoría racional puede hacer: no sirve de nada razonar con ellos, menosprecian la teoría económica y vuelven la espalda a las pruebas que confutan sus argumentos. Pero observar cómo la superpotencia económica destruye lentamente la que es quizá la posición fiscal más envidiable del mundo es algo nunca visto".
Así pues, mientras Bush y sus colegas saltan de alegría por sus victorias en Iraq y en el Congreso estadounidense, y gran parte de la izquierda mundial escribe en un tono de consternación desesperada sobre esos triunfos, quizá deberíamos atender a las profundas grietas surgidas entre las fuerzas que se podrían denominar "de derechas" a escala mundial, en Estados Unidos y entre las capas capitalistas.
Como primer signo de esas grietas, Henry C.K. Liu, presidente de un grupo de inversiones de Nueva York, escribe en Asia Times un artículo titulado "La hegemonía del dólar estadounidense tiene que desaparecer". Y Arun Motianey, director de investigación sobre inversiones del Citigroup Private Bank señala que los países de la ASEAN+ (sureste de Asia, Japón, China y Corea del Sur) están desarrollando lo que llaman "instrumentos de deuda por encima de las fronteras" (lo que implica la denominación de las deudas en sus propias monedas y no en dólares estadounidenses), lo que supone "una espada de Damocles sobre la economía estadounidense". Prevé que la creación de una unidad monetaria asiática podría imponer a Estados Unidos una "importante refinanciación de su deuda", e incluso obligar finalmente al Tesoro estadounidense a emitir bonos, no en dólares, sino en las monedas asiáticas.
En el frente europeo, Christoph Bertram, director del Instituto Alemán para Asuntos Internacionales y de Seguridad, antes ardiente atlantista, escribe un artículo, también en el Financial Times, titulado "Alemania no será el vasallo de Estados Unidos". Achaca a George Bush toda la responsabilidad por el cambio que se ha producido en la opinión pública alemana, y prevé que la Unión Europea tendrá que "[vincular] a sus miembros irreversiblemente en las cuestiones de Defensa, como lo ha hecho el euro en la política monetaria".
Y en Estados Unidos James Carroll escribe en el Boston Globe, comentando el cambio de ambiente en Estados Unidos, "una nación tan a la deriva que ni se atreve a examinar su estado real". El último discurso del senador Byrd (que hace dos años no era considerado precisamente un radical, ni siquiera un demócrata liberal) terminaba diciendo: "Y atiendan a mis palabras. La intimidación calculada que vemos tan a menudo últimamente desde "los poderes que tienen autoridad" [Pablo, Romanos, 13:1] sólo mantendrá callada a la oposición legal durante un tiempo. Porque al final, como siempre sucede, la verdad resplandecerá. Y cuando lo haga, el castillo de naipes, construido con engaños, se derrumbará".
El senador pronunció ese discurso el 21 de mayo. Precisamente seis días después el secretario de Defensa Rumsfeld, en un discurso al Consejo de Relaciones Exteriores, observó que "quizá no se encuentre nunca" el supuesto almacenamiento iraquí de armas de destrucción masiva. Rumsfeld dijo que quizá los iraquíes las habían destruido "antes del conflicto". Dado que Estados Unidos y el Reino Unido basaron todo su alegato en favor de una acción rápida y unilateral en la amenaza que suponían esas armas, se trata de todo un reconocimiento, forzado sin duda por la realidad de que hasta ahora no se han encontrado esas armas. Para la opinión pública estadounidense podría llevar un tiempo interiorizar ese reconocimientoy reaccionar frente a él. Pero Tony Blair se encontró inmediatamente con problemas. En el sistema británico es un pecado mortal "engañar" al Parlamento, del que Blair se ve actualmente acusado (y quizá más que eso) como consecuencia del discurso de Rumsfeld. Su respuesta hasta ahora ha sido: «esperemos algo más». Blair necesita encontrar esas armas mucho más que Rumsfeld.
La cuestión es entonces si se trata realmente de una locura o de una política deliberada. Creo que es deliberada, aunque estoy de acuerdo en que es una locura. Para entender cómo piensan los halcones estadounidenses y sus aliados, tenemos que retroceder dos siglos. La revolución francesa zarandeó realmente la escena cultural mundial, cuando un grupo llegó al poder proclamando que el gobierno tenía el derecho a imponer cambios radicales en el sistema social, en nombre de el "pueblo" que era "soberano". Además, esas dos ideas –que el cambio político era un fenómeno "normal" y que era el "pueblo" el que era soberano–, se extendieron rápidamente por todo el mundo, y de hecho no han desaparecido desde entonces.
Inmediatamente se produjo una reacción frente a esas ideas perturbadoras (y a las acciones vinculadas con ellas). Ahí es donde surgió el término "reaccionario". Edmund Burke en Inglaterra y Joseph de Maistre en Francia escribieron libros que desafiaban toda esa doctrina y defendían el imperecedero valor social y moral de las autoridades "tradicionales". Los jacobinos fueron derrocados al cabo de pocos años, pero Napoleón prosiguió el empuje jacobino, aunque de una forma muy distorsionada. Al final, en 1815 la contrarrevolución había triunfado definitivamente. Era el momento de restaurar el orden en Europa y en el mundo. El príncipe Metternich construyó una Santa Alianza cuya política consistía en enfrentarse a todo tipo de desorden con una represión masiva.
No todas las fuerzas del orden estaban de acuerdo con Metternich. En Inglaterra, Sir Robert Peel condujo lenta pero eficazmente a los conservadores por la vía de las concesiones prudentes y limitadas, en particular la Ley de Reforma de 1822. Y hubo intentos similares en Francia, en particular la revolución de 1830 que derrocó a Carlos X y puso en el poder a Luis Felipe, el "rey ciudadano".
El punto de inflexión decisivo fue la revolución mundial de 1848, que supuso una sacudida enorme para los "reaccionarios". El ya anciano Metternich fue destituido. En Francia tuvo lugar una revolución "social", que trataba de proclamar los derechos de los "obreros". Y en Europa central, oriental y meridional se produjo la "primavera de las naciones". Por supuesto, como sabemos, todas esas revoluciones fracasaron al poco tiempo, aplastadas por una represión renovada y feroz. Pero las fuerzas de derecha habían aprendido la lección. Decidieron seguir el camino de Peel y aceptaron la necesidad de "concesiones" para evitar lo peor. Durante las décadas siguientes se produjo el ascenso de lo que los historiadores llaman "conservadores ilustrados": Disraeli en Gran Bretaña, Napoleón III de Francia y Bismarck en Alemania.
A partir de entonces los conservadores se convirtieron en sólo una versión algo más prudente del liberalismo centrista. De hecho, con el fin de contrarrestar la creciente fuerza de los movimientos de izquierda "radical", los conservadores estaban a menudo más dispuestos a utilizar el Estado para decretar cambios que los propios liberales centristas: la ampliación del sufragio por Disraeli, la restauración de los derechos sindicales por Napoleón III, los comienzos del Estado del bienestar por Bismarck. Esas políticas prevalecieron entre los grupos políticos conservadores hasta la revolución mundial de 1968, que destronó a los centristas liberales dominantes, y "liberó" a quienes se consideraban la "verdadera" derecha de la pesada preponderancia de los "conservadores ilustrados". El ascenso de la "verdadera" derecha puede constatarse en la conquista parcial de Thatcher del partido conservador británico y la conquista parcial de Reagan del partido republicano estadounidense. El actual régimen de Bush ha transformado esa conquista parcial en una conquista total.
Los halcones estadounidenses constituyen una reencarnación de Metternich en su política descaradamente reaccionaria: su unilateralismo macho en la escena mundial, y su intento verdaderamente serio de desmantelar el Estado del bienestar en Estados Unidos. Por eso es por lo que el Financial Times dice que "con ellos no sirve de nada razonar". Y por eso los herederos de Sir Robert Peel se muestran tan inquietos a escala mundial. Porque al igual que la política de Metternich condujo al desastre de 1848 para las fuerzas conservadoras mundiales, los herederos de Peel temen (y les espanta) que la política de Bush conduzca a lo mismo o algo peor, y ven dibujarse el desastre en el horizonte.
Quizá algún día se produzca un Armagedón entre la izquierda de la derecha. Pero en el presente inmediato lo que cabe esperar es una confrontación entre la facción de Metternich y la facción de Peel de las fuerzas de derechas. La facción de Metternich piensa que lo que está en cuestión es el orden mundial. La facción de Peel piensa que lo que está en cuestión es la supervivencia del sistema capitalista.
Immanuel Wallerstein (1 de junio de 2003).
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